he aquí la historia que presenté al concurso literario de nuestra pequeña prisión (con barrotes y todo)
Ese texto llamado simplón (picarás el anzuelo lugu?), melodrámatico y otras lindezas.
Todo puede mejorar siempre y mi forma de escribir no iba a ser menos.
Me dirijo hacia el lugar en el que nunca quise estar. La salud ha conseguido lo que nunca las peleas ni las discusiones lograron.
Quizás si no fuese tan terriblemente estúpida no hubiera dejado que esto llegara a suceder…o quizás no. El caso es que me dirijo hacia mi peor pesadilla, y voy por propia decisión.
El viaje no resulta demasiado cómodo, pero teniendo en cuenta la situación económica era lo mejor que me podía permitir. Tres horas en un avión desvencijado, por supuesto, en segunda clase, y otras tres horas en furgoneta hasta mi destino.
Por otra parte, quién sabe…a lo mejor las cosas han cambiado desde que abandoné aquella vida, es poco probable, entre montañas las cosas van despacio, todo seguirá exactamente igual que hace 4 años. Todo aquello me asfixiaba y me oprimía. No estaba hecha para esa vida. Necesitaba libertad. Libertad para tomar mis decisiones, libertad para andar a mi aire, sin nadie siguiendo con la mirada cada uno de mis pasos, libertad para vivir una vida que me gustase vivir…y claro, también me marché por ella. Podría haberlo soportado todo si la hubiese tenido a mi lado, pero la perdí, y con ella todo lo que hacía que me gustase vivir allí. Ese era otro de los motivos por el que me negaba a volver. No quería ver como había rehecho su vida sin mí, no quería volver a sentir la pérdida…
Mientras estoy sumida en los recuerdos el avión aterriza, la gente comienza a levantarse y me veo obligada a dejar mis cavilaciones para bajarme del trasto.
Hace frío y está nublado, como no, y mientras cierro mejor el abrigo veo a la persona que ha venido a recogerme.
- Hola mamá
- ¿Has tenido buen viaje cariño?- me pregunta mientras me abraza.
- Sí…- me veo obligada a mentirle
- ¿Tienes hambre? Porque he preparado una tortilla riquísima para cenar
- No mamá, no tengo hambre, aunque de aquí a que lleguemos puede que sí.
- No sabes cuanto me alegro de verte
- Y yo mamá- es cierto, aunque no me alegre de volver me alegro de verla- ¿Dónde has aparcado la vieja furgoneta? No la veo…
- Ja ja, ese viejo trasto ya pasó a mejor vida. Tengo un coche nuevo.
El coche nuevo de mi madre era un monovolumen bastante corriente, aunque comparado con el anterior parecía un cochazo de lujo.
Cuando llegamos a casa ya era de noche, así que a pesar de las insistencias de mi madre sobre lo buena que estaba la tortilla, cené un yogur y una fruta y me fui a mi vieja habitación.
Todo estaba igual que lo dejé, incluyendo los pósters en las paredes y un marco con una foto que me apresuré a bajar.
Dejé lo de instalarme para el día siguiente y me fui a dormir. No pude evitar que dos lágrimas furtivas escaparan de mis ojos y corrieran por mis mejillas al mirar bajo el colchón…allí seguía la rosa que me regaló.
A la mañana siguiente me desperté con el sonido de los pájaros (alguna cosa buena tenía que tener el campo). Después de desayunar, asearme y deshacer la maleta decidí que era el momento de ir a dar una vuelta.
Como era de esperar, todo permanecía tal y como lo vi por última vez. A algunas personas puede resultarles gratificante volver a un sitio y ver que todo sigue igual, puede darles seguridad, puede que se sientan reconfortados, pero a mí la única sensación que me transmitía era la de una profunda angustia, y el recuerdo de lo que pasó.
Me dirigí a uno de mis lugares favoritos en aquellos días, me senté, y metí los pies en el agua helada.
No sé que presentimiento me hizo girar la cabeza en ese momento, pero entonces la vi…
Bum, bum.
El corazón me dio un brinco. Bum, bum.
Estaba de espaldas…se estaba girando hacia mí… Bum, bum.
De repente nuestras miradas se encontraron. Bum, bum, bum.
Sus ojos se abrieron como platos ante la sorpresa, pero lo vi como entonces: ella me seguía queriendo.
Me levanté de un salto, me calcé y me alejé de allí lo más rápido que pude.
Cuando llegué a casa mi corazón aún latía desbocado. No sabía que me dolía más, el haberle visto o el no haberlo hecho más de cerca.
Estúpida.
Estúpida…
Más que estúpida.
Otra vez mi necesidad era más fuerte que mi conciencia. No quería estar tan a merced de mis sentimientos, eso me hacía débil.
Después de comer mientras mi madre dormía la siesta salí otra vez. Esta vez dirigí mis pasos hacia otro lugar, un lugar donde podría contemplarlo todo y no ser contemplada, y en esto me hallaba ocupada cuando ya sin verla supe que estaba allí… Bum, bum.
Su perfume…igual que entonces me hacía perder la razón. Bum, bum.
Se sentó a mi lado. Bum, bum, bum.
No la mires, no la mires, no la mires.
Entonces me miró y volvió a saltar la chispa.
- Has vuelto…- me susurró
- Sí
- ¿Por qué?
- Ya era hora de dejar de portarme como una niña y afrontar el pasado
- ¿Me incluyes?
- ¿Tú que crees?- pregunté quizás con demasiado sarcasmo
Dios…no soportaba que me mirase de esa manera. Aparté la mirada y la dirigí hacia algún punto muy lejano.
- Alice, mírame.
No era un ruego, era una orden, así que a regañadientes lo hice.
No sé como no lo vi venir. Estúpida
Antes de querer darme cuenta nuestros labios estaban besándose.
Más tarde mientras recordaba la escena no podía evitar estremecerme de placer. Estaba mal, ni siquiera sabía si estaba comprometida, eso ignorando lo obvio, que yo misma me había prometido que esto no ocurriría, pero por otra parte era agradable comprobar que los recuerdos no mienten. Sus labios sabían igual de bien a como los recordaba, incluso mejor.
Quizás ya era hora de mantener esa conversación que había dejado pendiente aquella fatídica noche…quizás…
Ese día sí que bajé a cenar, mi intención era la de interrogar sutilmente a mi madre sobre algunos puntos en concreto, pero toda sutilidad con mi madre es poca, no sé como pude olvidarlo:
- Ma… ¿qué tal han ido las cosa desde que me fui?
- Todo más o menos igual, ya sabes.
- ¿Y la gente? ¿Qué es de mis viejos amigos?
- Alice…si quieres hablar sobre ella no tienes más que decírmelo- dijo con toda su dulzura.
- Esto…mamá…se me olvidaba que no podía esconderte nada.
Nos reímos antes el recuerdo de esas situaciones en que descubría mis pequeñas mentirijillas.
- Lo cierto es que si quería saber algo de ella…
- ¿Por ejemplo?
- ¿Sabes si está con alguien?- dije conteniendo la respiración.
- No. Desde que te fuiste se encerró en casa y solo sale a pasear algunos días. Pero en solitario.
- Mamá… ¿hice bien en irme?
- Lo necesitabas, aunque quizás las maneras no fueron las más adecuadas.- me reprochó.
Me estremecí ante el recuerdo… ¿Cómo pude?
- Buenas noches ma, y… gracias.
- De nada. Que duermas bien,y… bienvenida.
A la mañana siguiente tomé una decisión. Ya era hora de afrontar mi pasado.
Llamé suavemente a la puerta deseando que no hubiese nadie en casa, pero estaba claro que el destino quería que resolviese esto de una vez.
Me abrió la puerta tan hermosa como siempre…quizá un poco más ojerosa, pálida…dios mío… ¿qué es lo que había hecho?
- Hola Amber- dije tímidamente.
- Hola…te esperaba…
- ¿Podemos hablar?
- Pasa
Todo seguía igual: el sofá donde tantas veces descansamos abrazadas, nuestra foto sobre la repisa de la chimenea, el cuadro que le regalé…
- Tengo tantas cosas que decirte…- no sabía por donde empezar, le había hecho tanto daño que no sabía si podría perdonarme alguna vez.
- Yo tengo muchas ganas de escucharte.
- Mi madre me ha dicho que no has vuelto ha estar con nadie…
- ¿Te extraña? Te dije que sería tuya para siempre, ¿acaso has estado tú con alguien?
- No.- por supuesto que no…
- ¿Por qué lo hiciste Alice? ¿Tan infeliz eras? ¿Tanto sufrías como para abandonarme así?
Se me hizo un nudo en la garganta… ¿qué iba a decirle? ¿Que fue un acto de egoísmo puro? ¿Que me arrepentí en cuanto m di cuenta de lo que había hecho? ¿Que tenía miedo de volver y encontrar que me odiaba por lo que había hecho?
Sus ojos me miraban entre interrogantes y suplicantes, y solo entonces pude entrever todas las noches en vela preguntándose por qué, todos los pasos dirigidos a ningún lugar…
- Lo siento tanto Amber…mi vida la dejé aquí contigo esa noche. Han pasado los años y no he dejado por un momento de pensar en ti. Encontré un buen trabajo, tuve éxito, redirigí mi vida…pero nada tenía sentido. Acabé enganchada a los antidepresivos, me ingresaron. Lo perdí todo. Todo. Los médicos me recomendaron aire fresco, y no tenía dinero para ir a ningún otro sitio. Tenía miedo, no podía volver, no podía mirarte a los ojos…- mi voz se quebró y me eché a llorar como no había hecho en todos estos años
- ¿Pero por qué…por qué?- dijo mientras clavaba en mí la misma mirada suplicante.
- No quería acabar atrapada en este pueblucho, era tu vida, no podía sacarte de aquí, así que decidí irme…
- Sin despedirte…
- No podía mirarte a la cara y decirte que me iba, ¡no hubiera sido capaz de hacerlo! ¿Cómo fui tan estúpida de pensar que podría sobrevivir sin ti?
- Creí que te habías ido por nuestra discusión, me sentí culpable por todo lo que te dije…en el fondo era miedo a afrontar una situación desconocida, por eso no quise irme, pero no porque no quisiese vivir contigo.
- Mi madre me suplicó un millón de veces que volviese pero ni una sola vez te mencionó, por lo que creí que no querías saber nada de mí…- cobarde…
- No fui capaz de ir a hablar con tu madre, me sentía culpable por tu partida…
- Amber…mi vida…mi amor…nunca más…nunca.
Nos abrazamos y en ese mismo instante supe que no iba a volver a necesitar los antidepresivos, tenía algo mucho mejor.
Pasaron las semanas. Había recuperado mi vida. La felicidad que tanto tiempo me había sido negada inundaba cada parte de mi ser, pero un día todo se desmoronó.
Fue en una de mis rutinarias revisiones médicas.
Cáncer.
Mi mente solo recuerda las palabras terminal y quimio antes de desvanecerse.
Los meses siguientes pasaron como suspiros. Me pasaba la mitad del tiempo drogada por la medicación…para el dolor decían, pero no dejaba de resultarme ligeramente irónico que ahora que había calmado el dolor más profundo y no necesitase los antidepresivos para soportarlo, me atiborrasen a medicamentos “para el dolor”.
Pobre mamá, pobre Amber…
Se pasaban los días cuidándome esmeradamente como si eso pudiese arreglar algo. Aún así, a pesar de la desesperación en sus ojos, sentía su amor en cada fibra de mi ser. Quizá fue ese amor lo que lo retrasó un poco más.
Pasé mis últimos días ingresada en un hospital, pero está vez había una diferencia.
Ella marcó la diferencia.
Lo último que recuerdo son sus ojos. Hubiese querido gritarle que no lo hiciese, pero ya no tenía fuerzas…oí como me decía te quiero, como se despedía, y por último el sonido de su cuerpo al chocar contra el suelo.
2 Comments:
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me gusta la foto, pero tengo unos ojerones -.-
ay
me la pasaras y la retocare yo a mi manera, vale?
jiji
__kiwi*
Si no tuviésemos estos estúpidos piques nada sería lo mismo xD
Un besito (: